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El templo de la calle: la verbena y el espíritu de la 'Arenosa'

De Rebolo al Barrio Abajo, Barranquilla tiene un gran sabor, una mezcla indescifrable de melaza y salitre que se cocina en las esquinas.

Por: Geraldine De la Hoz

Barranquilla no es una ciudad que se visita; es una ciudad que se padece y se goza con la misma intensidad. Cuando el sol de la tarde empieza a ceder y la brisa barranquillera, ese alivio salino que baja del Caribe, comienza a silbar entre los cables eléctricos, la ciudad se transforma. No es solo el clima lo que cambia; es el pulso de los barrios que anuncia la apertura de su institución más sagrada y democrática: la verbena.

De Rebolo al Barrio Abajo, Barranquilla tiene un gran sabor, una mezcla indescifrable de melaza y salitre que se cocina en las esquinas. La verbena es el escenario donde ese sabor se materializa, especialmente cuando nos adentramos en el mapa de nuestra tradición.

Sin embargo, a lo largo de la historia, la verbena ha sido un espacio de resistencia y desafío, siempre vista con recelo por las clases sociales altas que la consideraban "baja" y "vulgar". A pesar de esto, la verbena ha seguido siendo el corazón palpitante de la ciudad, un lugar donde la gente se reúne para bailar, cantar y olvidar sus penas.

Si uno camina por las calles de Rebolo, siente el peso de la herencia africana y el rugido de la herencia del Congo; allí, el aire parece vibrar con una fuerza distinta, más cruda y ancestral. Por otro lado, al llegar al Barrio Abajo, la atmósfera se vuelve un poema de fachadas coloridas y matinales de rumba, donde la rueda de cumbia es ley. Estos sectores no son solo puntos en un mapa, son las venas abiertas por donde corre el alma de la fiesta.

Lejos de los palcos privados, la verbena de estos barrios se levanta como un monumento a la identidad. En el corazón de la verbena, el sonido es una ley física. Los tambores, con su lenguaje de cuero y madera, dictan el paso de los bailadores.

Es un eco que parece viajar directamente desde las entrañas del río Magdalena hasta los pies de la gente. No importa si suena una cumbia clásica o el más frenético de los ritmos africanos; el tambor es el que manda, el que ordena al cuerpo olvidar el cansancio y entregarse al trance del ritmo.

Es en este entorno donde la elegancia del Caribe se despliega en todo su esplendor. El movimiento de las polleras, esas cascadas de tela que ondean como olas blancas y coloridas bajo el sol o la luna, crea un contraste hipnótico con la rudeza del asfalto. Ver a una mujer barranquillera manejar su pollera en medio del fragor de una verbena es entender la verdadera definición de gracia y soberanía. Cada giro es un desafío a la gravedad; cada vuelo de la falda es un tributo a las abuelas que bailaron en estas mismas aceras de Rebolo o el Barrio Abajo hace décadas.

La verbena es el último refugio de la Barranquilla auténtica. Es el lugar donde la música no es ruido, sino historia viva que se hereda de generación en generación. Mientras la brisa sigue agitando los árboles de mango y el sudor brilla bajo las luces de colores de los picós, la ciudad reafirma su quehacer universal.

Porque Barranquilla es, ante todo, un pueblo que ha aprendido a convertir la esquina en escenario y el asfalto en un templo. La verbena seguirá siendo el alma de la "Puerta de Oro", un recordatorio eterno de que, mientras haya un tambor que repique, una pollera que vuele y un barrio que se resista a olvidar, el sabor de esta tierra seguirá siendo el motor que mueve al mundo.

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